
¿Qué sé yo de la vida? ¡La pregunta!…
Sé sobre mi vida: podría contártela completa. O casi, algo se debe haber borrado.
Pero a la vez sé muy poco sobre “la” vida: sé escasamente sobre la tuya, o la de tu mamá, o la de tu hermano. Lo poco que he aprendido tiene que ver con mi historia personal, porque no se puede vivir las vidas de los otros.
Pero, a ver… entiendo por dónde va tu pregunta: lo poco que aprendí, y que te puedo contar a mi manera, me lo enseñó la tía abuela Doris, me lo contó en una historia corta. No pretendía pontificar, mi tía Doris, de hecho lo que me contó fue una anécdota, una cosa al pasar, sin importancia para ella. Pero para mí fue (y es) importante, así es que luego de escucharla seguí reporteando y lo transformé en esto, que estoy a punto de escribirte.
Aquí va,
Tía Doris no durmió durante cuatro noches. Se sentaba en una mecedora de madera, conmigo en brazos y mi hermana en el Moisés (sobre el piso, entre sus pies) y bebía vino. Al lado suyo, cuando el sol se estaba yendo, acomodaba una mesita de madera, donde apoyaba la botella y un revólver que le pasó mi abuelo (quien, no sé si lo tienes claro, era el mayor de los cinco hermanos). Doris se bebía un litro por noche. Pensaba que sólo así, borracha, se armaría de valentía para apretar el gatillo si era necesario.
En el día no tenía mayores problemas, la vida en Talcahuano se pasaba como en cualquier parte. Salvo que lloviera mucho, claro. Si llovía de a poco, si chubasqueaba, entonces ella salía en las mañanas, con nosotros en un coche doble y cubierto con plástico, y compraba para que comiéramos. Pero en las noches era otro mundo. El alcohol mandaba. Los borrachos mandaban. Los borrachos y las putas malas. En la noche, en Talcahuano, cualquiera se transformaba en ladrón. Así era cuando yo era chico. No sé ahora; pero, por lo que me han dicho, la cosa no ha cambiado. “Borracha buena contra borracho malo, así hubiera sido el duelo, pensaba yo”, decía tía Doris (la viejita, la que conociste) y se largaba a reír.
Nos encerrábamos con llave a las seis de la tarde en el cuarto de Doris, que medía 3 por 4. (¿Te acuerdas de esa pieza chica, en el segundo piso de la casa de mi abuelo?). A esa hora la tía empezaba a beber. Dejaba el revólver en la mesita. Nos hacía dormir, a mí en brazos, a mi hermana en el Moisés. Me contaban que de alguna manera se las arreglaba para mecernos a los dos al mismo tiempo. Y, cuando ya estábamos dormidos, se acomodaba en la silla de madera a mirar la puerta, a esperar que algún ladrón borracho tratara de entrar.
Una noche pasó lo que Doris más temía. Puede que ocurriera tarde, o muy cerca de la madrugada… o sea que la tía ya se había tomado o toda la botella o la mayor parte. Sintió que la casa de madera crujía y alertaba: alguien subió las escaleras muy lento, caminó (tal vez tambaleando) por el pasillo y se paró delante de la puerta del dormitorio donde estábamos. Doris exigió que se identificara. Escuchó una voz pero no era la de su hermano. No estoy seguro de que ella oyera bien, así es que seguramente pasó un par de segundos “muy borrosos” tratando de reconocer al hombre que le respondió. Ya apuntaba con el revólver, ya presionaba levemente el gatillo. Gritó otra vez para darle otra oportunidad al recién llegado. Silencio. Silencio. Silencio… Doris iba a gritar de nuevo cuando la puerta se abrió de golpe. Ella abrió fuego hacia el umbral; alguien le devolvió balas desde la puerta. Seis fogonazos por lado. La mayoría de las balas disparadas por el asaltante se incrustó contra la pared, detrás de Doris. Casi todas las que lanzó mi tía destrozaron el dintel y la puerta… salvo una, que salió por la ventana y reventó un farol de la calle. Luego silencio. Doris en el suelo, su revólver girando sobre el parquet, a unos centímetros de su mano. Los dos bebés durmiendo. Ninguno de los dos despertó.
Los vecinos prefirieron no escuchar el alboroto. Nadie llamó a los carabineros.
Mi abuelo llegó horas después a la casa. Se encontró con un reguero de sangre, que empezaba en la puerta y subía por las escaleras. Imagínate. Subió a toda máquina, casi sin aire, con un grito ahogado en la garganta. Nos revisó a los niños primero. Estábamos bien. Llorábamos de hambre, nada más. Luego levantó a tía Doris, quien se había vomitado encima y apestaba a licor y a todo lo que antes acompañaba al licor dentro de su panza. Pero estaba viva y, salvo la borrachera, ilesa. Se había desmayado durante la balacera. Supongo que su cerebro no aguantó más, entre el vino y el terror. Sobre la suerte del asaltante, obviamente herido, jamás supieron ni media palabra.
Mi abuelo decidió que los tres nos íbamos a Valparaíso, y para allá nos mandó. Yo creo que eso nos salvó la vida, porque si a nosotros, a los bebés, no nos mataba en Talcahuano algún borracho de los malos, tía Doris algún día lo habría hecho, sin querer, claro, porque estaba cada vez peor. A ella la internaron en una clínica, donde después de seis meses la habían desintoxicado. A nosotros nos criaron tío Fortunato y tía Gladys. Fue una suerte, eran gente muy buena. A mi abuelo lo veíamos de vez en cuando, cuando desde Talcahuano iba al Puerto, cuando no estaba pasando una borrachera y jugaba con nosotros. Tía Doris cambió para bien. Nunca más bebió. Nos amaba tanto, la amábamos tanto. Nos amamos hasta que se murió de vieja.
Han pasado tantos años, tanto tiempo. No te había contado esto porque no era necesario, no hasta que me preguntaste “¿Qué sabes de la vida?”. Mira, he viajado harto, tú lo sabes, pero no lo hice para encontrar “respuestas para mi contrariada vida”, para mí no era necesario. He vivido situaciones que jamás te voy a contar, pero debo confesarte que he vivido bien. He vivido y viajado, nada más, y esas son experiencias que no puedo traspasar. ¿Sabes que aprendí hurgando en esta historia de tía Doris?, encontré un pregunta: “¿si supieras que vas a morir en muy poco tiempo, digamos hoy mismo: cómo te sentirías acerca de lo que alcanzaste a vivir, cómo te sentirías mirando hacia atrás, estarías satisfecho?”. Doris estuvo dispuesta a morir por un par de niños que ni siquiera eran suyos, que ella no había parido; y esa habría sido una buena muerte. Ahora te pregunto yo, y no tienes por qué contestarme, por favor no te sientas obligada: ¿estás dispuesta a contestar la pregunta que antes formulé? Porque en tu respuesta vas a encontrar todo lo que debes saber sobre tu vida.
Un relato bueno, me ha echo reflexionar.
Que tengas salud y amor en tu vida. Felices fiestas.