
Cuento: Gonzalo López Pardo.
Ilustraciones: Mauricio Solari.
"Me dicen que un hombre está mordiendo la cabeza de otro… Por favor vayan a ver qué pasa". Carlos Esparza se cubrió la cara con ambas manos; sumaba diez años patrullando y había escuchado tantas burradas, y de tantos y diversos tipos, que llevar a cabo la orden escupida por el radio le importaba un reverendo carajo. Esparza no echó a andar el auto hasta que se lo exigió el teniente Carlos Urtubia. “¿En serio?”, refunfuñó Esparza. Y el oficial contestó firmemente que sí y que después se iban a la comisaría, porque ya no aguantaba a esos bichos de mierda que revoloteaban por doquier. Eran las dos de la mañana.
Dentro del patrullero iban tres carabineros pero se bajaron dos, Esparza y Carlos Ríos; dos cabos. Aquel fue un invierno muy extraño, cálido y húmedo, distinto a todos, no había santiaguino que recordara nada semejante. Los dos uniformados subieron por ascensor. Transpiraban en exceso, tenían que secar sus frentes cada tanto con pañuelos desechables. “¿Cómo se llama la señora?”, preguntó Carlos Ríos, “Clarisa Atkinson… vive en el cuarto piso. Tiene 76 años y vive sola…”, contestó el otro Carlos.
Clarisa Atkinson los esperaba en camisón. Su departamento olía a hierbas medicinales, a infusiones, a ungüentos. Había plantas en maceteros por doquier, en el piso y sobre los muebles, pero la vista no era nítida, apenas se veían los contornos, sólo la luz de la calle iluminaba el living-comedor. La mujer mascaba sus uñas y caminaba de un lado a otro agitando los brazos, mientras trataba, inútilmente, de contar lo que había visto. “¡Vean por la ventana!”, gritó la anciana y les abrió el paso, “Yo no quiero volver a mirar porque me dan asco esos bichos que andan por todos lados”.
Carlos Ríos corrió las cortinas y se congeló. Abajo, justo en frente y metido dentro de una vitrina, había un cajero automático. Sobre el suelo crecía, y avanzaba hacia la puerta, una posa de sangre. Carlos Esparza miró por encima del hombro de su compañero: “¡Mierda… ahí va mi teniente!”. Carlos Urtubia se había bajado del auto y caminaba lentamente, apuntando con su arma de servicio, hacia la puerta de vidrio del cajero automático. Decenas de insectos revoloteaban a su alrededor. “¡Vamos!”, ordenó Ríos y ambos cabos emprendieron carrera, avanzaron chocándose y tropezando con los maceteros que había en el suelo.
El extraño fenómeno climático, aquel invierno cálido y húmedo, cambió los ciclos de vida de muchas criaturas. Y, como consecuencia, Santiago sufrió varias plagas. Una, la más notoria, fue la invasión de millones de mariposas nocturnas, que morían suicidándose contra los focos en las calles. Los avisos luminosos y los postes de luz fueron conquistados por ejércitos de insectos inusualmente grandes.
Esparza y Ríos empuñaban sus armas cuando llegaron a la calle. Le pidieron a gritos al teniente Urtubia que por favor los esperara. El oficial detuvo su andar y meneó un brazo para ordenarles a sus subalternos que lo alcanzaran. Se mantuvo apuntando hacia el cajero, cuya puerta iluminada estaba casi cubierta por mariposas gigantes. La mancha de sangre había continuado creciendo, ya manchaba la calle.
Estaban en camisa, sudados enteros, había 20 grados Celsius en julio. Carlos Ríos miró hacia la ventana de Clarisa Atkinson, la mujer se había asomado; el oficial le hizo una seña y la anciana cerró su cortina.
“¡Carabineros de Chile!”, gritó Carlos Urtubia, “¡Salgan despacio y con las manos en alto!”. Sólo se escucharon los aleteos de los insectos monstruosos. A los tres uniformados los bañaba la luz azul furioso de un aviso de neón que palpitaba sobre sus cabezas.
La pesada puerta del banco explotó hacia la calle. ¡PLOSH! Fue una estampida pintada de azul, miles de pequeños pedazos de vidrio se esparcieron por el asfalto húmedo. Parecían pequeños animales moribundos, que agonizaban al ritmo que les marcaba el aviso de neón. Cientos de mariposas nocturnas revolotearon despavoridas. Carlos Ríos retrocedió, perdió pie y se fue de espalda. Carlos Esparza corrió hacia el carro policíaco para llamar al cuartel y pedir ayuda. Carlos Urtubia se mantuvo apuntando, a pesar de que su rostro estaba empapado con sudor y no podía ver bien.
Un cuerpo mutilado, el cadáver de un guardia de seguridad del banco, había destruido aquella ventana, luego voló varios metros y chocó contra la vereda; estaba justo al lado del policía que trataba de levantarse. El muerto vestía uniforme azul-verdoso y sangraba a borbotones por un agujero bestial en la nuca. Carlos Ríos se quedó sentando en el suelo; pegó los ojos en la herida y se congeló de espanto; respiraba corto y con dificultad; “¡Qué diablos!”, dijo en voz baja. Mariposas nocturnas aletearon cerca de su rostro y movilizaron el aire -pegoteado por el exceso de humedad-, la pequeña brisa despabiló al carabinero; se puso en pie y trató de ayudar al herido, le tomó la cabeza y empapó sus manos con sangre. Intentó reanimarlo, hasta que se dio cuenta de que era inútil.
Carlos Ríos volvió corriendo (a paso torpe, con el llanto atorado en la garganta) y se detuvo a la derecha de su jefe, quien había avanzado y seguía acercándose a la puerta del cajero automático. Ambos continuaron, apuntando con sus armas de servicio.
Dentro del banco Miguel y Ángel estaban desnudos. El primero sostenía en brazos el cajero automático, lo zarandeaba tratando de que los billetes se colaran. El otro pretendía limpiar la sangre que chorreaba por sus labios usando las boletas que colmaban el basurero. Eran idénticos: blancos como la sal, sus cabellos negros eran largos, gruesos y desordenados.
El cabo Carlos Esparza se unió a sus colegas, se paró (también apuntando su pistola) al lado izquierdo de su jefe. “Ya vienen”, dijo en voz baja, “Respondieron tres radiopatrullas”. Los policías detuvieron su marcha cuando ya pudieron ver a los gemelos. Carlos Ríos comenzó a temblar, Esparza a temblar y a preguntar, casi murmurando, qué mierda estaba pasando. “Callados y firmes los dos”, ordenó Urtubia, a quien le picaban los párpados y tenía el rostro empapado, “ya van a llegar refuerzos, así es que nada de cagarse”.
Cuando descubrieron a los alelados carabineros, Miguel y Ángel gritaron al unísono, “!Te admoneo, mortales homo!”.
- ¡Tú, suelta el cajero! - ordenó Urtubia, quien para ese momento ya suponía que los extraños ladrones estaban totalmente drogados, porque sólo una cantidad extralimitada de cocaína podía explicar semejante fuerza. ¡Los dos al suelo, mierda! ¡Ya pedí refuerzos, se va a llenar de pacos aquí, así que nada de ponerse weones!...
Miguel bramó “¡Te admonui, mortales homo, jam sero est!” y lanzó el cajero automático contra los carabineros. Otra vez las mariposas nocturnas revolotearon despavoridas. Carlos Urtubia alcanzó a disparar, pero su bala se incrustó en una pared del banco, lejos de los hermanos. Carlos Esparza descargó su arma hacia el cielo, los proyectiles rompieron varias ventanas del edificio de enfrente. Carlos Ríos, en cambio, no pudo reaccionar; ni siquiera se movió antes de que el cajero lo aplastara.
Los gemelos corrieron por encima de la constelación de vidrios molidos que cubría el asfalto.
Las sirenas de los refuerzos policíacos se oyeron en las calles aledañas.
Los hombres pálidos pisaron el suelo como si pesaran toneladas y manotearon a las mariposas que les impedían ver sus derroteros. Burlaron las balas y se escondieron en las penumbras del viejo barrio Brasil, que está repleto de iglesias antiguas.
Miguel y Ángel se separaron en la Capilla del Salvador Jesucristo. Miguel saltó los tres metros del portón e ingresó a la iglesia por una rendija (por la que apenas habría cabido un gato). Ángel cruzó la Plaza Brasil y entró a la fuerza en el Convento de la Santa Sangre.
Los patrulleros los vieron esconderse y rodearon ambos templos con sus vehículos.
Entre los pilares cincelados del convento apareció la Madre Superiora, Giuseppa Ríos. Parecía un fantasma blanco. Detrás de la puerta roja de alerce aguardaban dos monjas que apenas asomaban sus hábitos. Sobre el portalón, justo en el medio del umbral, una gárgola colmilluda abría sus alas monumentales y enseñaba las garras. La rectora del templo, cubierta con una manta, se paró debajo del monstruo de piedra y entrecerró los párpados, pues le molestaron las balizas de las patrullas que giraban rodeadas de inmensas mariposas nocturnas.
El teniente Ismael Burgos se adelantó para consultarle a la monja; fue amable, suave, respetuoso, pero en principio la mujer se negó. “En estos tiempos como estos, de plagas”, dijo la religiosa, “no es pertinente molestar a quienes vivimos rezando, a quienes sostenemos vuestras almas apesadumbradas”. Burgos, poco acostumbrado a que sus órdenes no se cumplieran, se acercó a la puerta empuñando su arma de servicio. “Señora”, dijo el uniformado (con timbre amable y suave, pero ya no tan respetuoso), “Esos que usted ve son efectivos de las fuerzas especiales, no estamos jugando. Por favor, no me obligue a ser descortés”.
El rostro de Giuseppa Ríos estaba muy arrugado, era imposible calcular su edad sin ofenderla. Era diminuta pero cubierta de blanco se veía como la estatua viva de una santa. Las mariposas gigantes se posaban sobre la manta que la cubría y se quedaban quietas. La mujer fijó su mirada de hielo en los ojos del oficial, quien oprimía sus labios y respiraba agitado.
Afirmado contra un radio patrulla estaba el cabo Téllez. Apretaba su fusil de asalto contra el pecho. Pensaba que ojalá el teniente no se pusiera insolente con la monja, porque, tal vez, si levantaba mucho la voz la gárgola monstruosa que había sobre el umbral saltaría sobre los carabineros para defender a la mujer…
- Un criminal acaba de meterse por la ventana de calle Maturana - previno el teniente Burgos.
- Es imposible. Hay cinco metros desde el suelo a la ventana y la muralla es lisa. Nadie podría alcanzarla. Y, aunque existiera un hombre con tal destreza, nosotras habríamos escuchado el desbarajuste de la ventana. Aquí hay cincuenta hermanas en claustro - respondió la Madre Superiora.
- Ya lo sabemos… es difícil de creer pero es lo que vimos. Debemos entrar, porque el tipo es muy peligroso.
- Supongo que Dios estará de acuerdo... - murmuró Giuseppa Ríos y comenzó a retroceder hacia la puerta. No se veían sus pies, flotaba envuelta en la manta blanca, de espalda a la puerta del convento. Las mariposas que dormían afirmadas a su ropa comenzaron a volar y a revolotear con suavidad. Los policías la miraron entrar y luego esperaron unos minutos, hasta que por fin otra religiosa les informó que podían ingresar.
Varios lustros se pierden en el tiempo cuando se entra en el Convento de la Santa Sangre. De noche se corta la luz eléctrica. Las paredes, a pesar de que fueron armadas en albañilería de ladrillo con mortero de cal, son tan rústicas que lucen como el interior de una mina de carbón; las sombras en las murallas se agitan con los vaivenes de decenas de velas y cirios, parece que el edificio temblara por dentro.
El cabo Téllez sentía el pecho apretado y el corazón tamborileando en la garganta. Sus manos sudaban, tenía que secarlas cada tanto. Él y otros cuatro carabineros se quedaron en el primer piso cuidando a las monjas, dentro de la capilla iluminada con velas. Otros cuatro avanzaron, detrás del teniente Burgos, con linternas hacia el tercer nivel, donde suponían que estaba Ángel.
La nariz del cabo Téllez era chata y ancha, con la punta tocaba su labio superior. Tenía los ojos pequeños y achinados. Era bajo, sin cuello, piernas cortas y anchas, igual que sus brazos. Era, eso sí, muy fuerte. Quedó a cargo de las religiosas porque no quiso contestar el llamado al abordaje del teniente Burgos, estaba tan aterrado que prefería mantenerse cerca de quienes se comunicaban a diario con dios. Se quedó aunque también lo intimidaba el andar operático de la Madre Giuseppa. El cabo se quitó la gorra de servicio en cuanto entró al convento y no volvió a ponérsela.
La Madre Giuseppa caminaba entre el púlpito y el altar dando órdenes, convenciendo a las demás mujeres de que los carabineros se irían en cuanto atraparan al criminal. La luz de las velas, que daba saltos, apenas dejaba ver sus ojos negros pero marcaba con precisión las arrugas en sus mejillas.
Téllez miró el pedestal de mármol que sostenía la mesa eucarística, allí estaba tallada en pino Oregón La Última Cena. Cristo levantaba ambas palmas y miraba al cielo pidiendo una explicación, consciente de su destino. La cara de Judas Iscariote era una mueca que podría haber sido interpretada como sonrisa.
- No se ponga nerviosa... - habló Téllez, sintiendo que se entrometía en el discurso de la monja-... Las vamos a proteger.
La Madre Giuseppa se dio vuelta cuando escuchó hablar al cabo. Lo miró a los ojos, pensó unos segundos y finalmente sonrió.
Ángel se ahogaba dentro de la palomera. A duras penas mantenía equilibrio sobre dos vigas de roble descubiertas. El piso estaba carcomido, por cualquier excusa se derrumbaría. Ángel sentía los cuerpos de las palomas pegados al suyo, pisaba excremento, olía sus plumajes piojosos. Esperaba la luz del sol con ansias. Temblaba de miedo, no tenía a dónde seguir escapando. Sin embargo confiaba en que la Madre Giuseppa mantendría el secreto que los unía. La palomera era su último escondite, allí llegarían los carabineros para dispararle. Ángel adivinaba que su hermano Miguel debía sufrir una situación similar.
Cuando empezó a amanecer, los tibios rayos de sol húmedo acompañaron a cientos de mariposas nocturnas que entraron por la ventanilla de la palomera. Ángel dejó que se posaran sobre su cuerpo. No podía espantarlas, porque cualquier ruido hubiera alertado a los carabineros.
Ventura Camoranesi terminó la Iglesia de la Santa Sangre en 1901. La planta de la construcción es simétrica, si alguien la mirara desde el cielo vería que es una perfecta Cruz Latina. Su nave principal está decorada con motivos de la Pasión de Cristo… el momento donde el cordero de dios derramó su Santa Sangre. Al cabo Téllez, aquella noche, le parecía que había entrado a una tumba gigante, a un mausoleo, en vez de a una iglesia católica. Sobre la nave eucarística hay un cielo abovedado y ornamentado con dorados a fuego, cuya inspiración es también la Pasión. Sus altares laterales son de mármol de Carrara. La nave, las paredes y los altares laterales transpiran día y noche. Téllez se imaginaba, igual que Jonás, dentro del estómago de una ballena.
A las cuatro de la mañana las monjas comenzaron a cantar. Los cinco carabineros que quedaron a cargo se miraron de reojo. El cántico oratorio congelaba el aire y transportaba el tiempo a un pasado extraño, a donde sus memorias humanas no alcanzaban con claridad. Dos carabineros comenzaron a rezar también para que no se les aparecieran los miles de fantasmas que debían deambular entre las sombras del templo. El cabo Téllez, en cambio y a pesar de su pánico, se mantenía quieto, abrazando su fusil de asalto y observando cómo la Madre Giuseppa miraba los ojos de un Cristo de yeso, que lloraba hilos sangre.
Desde el cielo, un tragaluz oculto en el cénit, entre pequeñas cerámicas de colores, dejó entrar un haz pálido. Los primeros rayos de aquel sol blanco cayeron sobre el altar.
- Yo la conozco, Madre Giuseppa - sonrió el cabo Téllez y lanzó un chorro de aire por la nariz -. Una vez salió en la tele... Soy el cabo Ramiro Téllez.
- Cómo está, cabo... Sí, fue una licencia muy grande en mi vida de aislamiento. Lo hice sólo porque me lo pidió el Pontificio Vaticano - respondió pausadamente la monja, sin dejar de mirar a Cristo.
- Sí, la vi en el canal trece... Oiga ¿y es verdad que reciben tanta plata? Me acuerdo que la periodista hablaba de varios millones de pesos mensuales... ¿Qué hacen con tanto dinero? - preguntó Téllez.
- No es verdad que nos entreguen tanto, hijo. En realidad vivimos con las donaciones de algunos fieles dadivosos que prefieren el anonimato. Pero supongo que usted sabe que ocupamos ese dinero en los comedores y el dormitorio abierto que mantenemos para los mendigos. Sin esa ayuda nos sería imposible... Oiga, ¿usted cree que atraparán al criminal que supuestamente entró? - la anciana dejó de mirar al Mesías y cambió de tema.
- Sí, lueguito - dijo el carabinero y lanzó otro chorro de aire por la nariz.
- ¿Qué hizo? - La monja sacó una pelusa de su hábito y siguió mirando a Jesús.
- Junto con otro tipo estaban robando un bancomático, pero unos colegas los pillaron chanchitos. Mataron a un vigilante del banco y dejaron muy mal heridos a los colegas que quisieron detenerlos.
- ¡¿Mataron al vigilante?! ¡¿Cómo?! - la mujer se persignó.
- Me contaron que fue bastante feo, nada que quiera escuchar usted – dijo Téllez, casi en voz baja, y observó la cruz en el altar -. Le voy confesar algo que no debiera, lo voy a hacer sólo porque usted es monjita. Fíjese lo raros que son estos tipos: uno se escondió en la Capilla del Salvador Jesucristo, saltó ese inmenso portón y se metió por un hueco en el que apenas entraría un gato; y este otro, que voló como cinco metros y abrió esa ventana. ¡Fíjese que andan sin ropa y corrieron más rápido que las patrullas...!
- Hay cada criatura de Dios - dijo la anciana monja, volviendo a persignarse.
- ¿Usted cree que son de Dios, no serán del Diablo?
- Todas las criaturas son de Dios, hijo, incluido el Diablo - sentenció la anciana.
El teniente Burgos palpó el picaporte de la ventana por la que entró Ángel al convento, la portezuela estaba cerrada por dentro e intacta, no había señales de forcejeo. “Qué raro”, pensó el oficial, “pero si lo vimos entrar por aquí”. Bajó la mirada, buscando huellas en el piso, pero no vio nada; estaba demasiado oscuro. Rápidamente concluyó que sería mejor obviar la inquietante evidencia y avanzar; no quiso mirar a sus subalternos para no desviar su atención de la persecución. Tragó saliva y ordenó proseguir. La torre del campanario era el último rincón del convento por revisar.
Los carabineros subieron por la escalera evitando apenas tropezar con los angostísimos escalones de piedra. Con agilidad y rapidez llevaron a la azotea, por donde el aire de Santiago circulaba libre. La base de la cúpula está abierta, unida a la torre por doce pilares esculpidos con los cuerpos de los apóstoles. Los uniformados acechaban al asesino, avanzaban apuntando con sus fusiles de asalto. No se dieron tiempo para sin contemplar ciudad iluminada ni la luna en el cielo del amanecer.
Gárgolas y santos rodeaban el campanario, resguardando al Convento de la Santa Sangre de los malos espíritus de Santiago. Los policías llegaron a la cima, donde está la palomera. La luz del nuevo día espantaba a cientos de mariposas nocturnas que buscaban dónde dormir y se posaban en las figuras de piedra y en los uniformes y armas de los agentes.
El asesino debía estar en la palomera, pero un candado la cerraba por fuera. El teniente Burgos volvió a inquietarse pero ordenó a sus subalternos que abrieran a culatazos. El candado cedió al primer golpe.
Entraron sólo dos carabineros, Burgos y un subalterno. Las palomas somnolientas se asustaron y volaron en todas direcciones. Sus plumas se mezclaron con el vuelo despavorido de cientos de mariposas nocturnas. Ambos uniformados apuntaron a la figura desnuda que se afirmaba entre dos vigas de roble descubiertas. Gritaron al sospechoso que no intentara escapar. Se acercaron amenazando con sus armas y pisando cuidadosamente el suelo frágil. Sin embargo aquella demostración de arrojo y firmeza fue en vano: la silueta inmóvil era una gárgola marmórea, cubierta de mariposas nocturnas que no temían a su rostro monstruoso.
Al cabo Téllez le ordenaron por radio que mantuviera a las monjas en la capilla. El teniente Burgos además pidió refuerzos. "El degenerado debe andar desnudo por el convento", advirtió el oficial.
- Sabe, tenemos que iniciar nuestra misa matinal, porque van a ser las seis - comentó la Madre Giuseppa -. El Padre Juan Sebastián debe llegar pronto. Los invitamos a participar mientras nos cuidan, ¿les parece?
- Por supuesto. También somos católicos - respondió Téllez -. Parece más tranquila, le volvió el alma al cuerpo.
La monja miró sus pies y levantó la vista hacia el cabo, bostezó casi con fastidio.
- Supongo, y espero en Dios, que el criminal se ha escapado mientras los carabineros lo buscaban - añadió la anciana.
- No sé, es difícil que se fuera, porque tenemos rodeado el Convento. Pero no se preocupe, ya le dije que nosotros las vamos a cuidar hasta que agarremos al degenerado - dijo Téllez.
- Gracias, en realidad me siento más tranquila.
- Tengo una duda, Madre - Téllez rascó la visera de su gorra, que descansaba sobre su muslo derecho -, me contó mi teniente que encontraron una estatua de piedra en la palomera.
- Una gárgola, sí. El convento está casi cubierto con gárgolas - comentó la anciana.
- ¿Esas cosas no están siempre afuera de las iglesias?
- Sí, pero ésta es especial, la instalaron hace muchísimos años en la palomera para que espante a los murciélagos - explicó la Madre Giuseppa.
- Qué raro... - afirmó el carabinero.
- No tanto, hijo, en la Capilla del Salvador Jesucristo hay otra igual.

Excelente, es mi cuento favorito, :D
saludos